Si hay una característica personal a la que siempre he otorgado mucho valor es la coherencia. He de reconocer que me agrada reconocerla en las personas con las que trato.
La imagen que he tenido en mi cabeza sobre lo que significa la coherencia es un trazo, lo más recto posible, entre lo que uno piensa, dice y hace.
Desde luego, la vida y nuestra evolución en la misma nos pone en situaciones que impiden que este trazo sea totalmente rectilíneo; pero hay valores en los que se debe ser uniforme, qué decir de la honradez, la lealtad y algunos otros. Además, todos tenemos que dejar cierto espacio para la incoherencia, la inconsciencia y lo imprevisible, somos humanos y resulta hasta necesario y divertido.
O sea, tampoco la coherencia debe ser algo exageradamente cartesiano.
En mi trayectoria profesional me he cruzado con multitud de personas, como decimos siempre cada uno de su padre y de su madre; con algunos hay y hubo más sintonía que con otros, obviamente, y he tenido o tenido que tratar de llegar a acuerdos o a posturas comunes cuando el interés resultaba coincidente a pesar de posturas contrapuestas. Y aquí la coherencia personal adquiere capital importancia y es muy reconocible.
Siempre he preferido hablar con personas con un alto grado de coherencia personal, con posturas no necesariamente impuestas por el lugar que se ocupe. Cuando encuentras a estas personas, se es capaz de entenderse aunque se mantengan posturas y argumentos alejados…siempre hay puntos comunes, solamente hay que buscarlos.
Y si hablamos de facetas personales, desde luego trato de profundizar con personas coherentes, en las que no es difícil reconocer una traza más o menos recta entre, como se dijo, lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace.
No entiendo en este pensamiento una especie de fundamentalismo o inmovilismo; como me decía un amigo no hace mucho, “somos la suma de las personas con las que interactuamos” y dentro de la coherencia pienso que está el enriquecerse con lo que oímos y debatimos, el dejarse convencer por otros puntos de vista así como evolucionar por las experiencias vitales.
Otra cosa distinta es cambiar de opinión según interese de cada momento, no lo entiendo como coherencia o puede ser una coherencia muy personal a la que, personalmente, no la llamaría así.
Cada uno de nosotros tiene unos valores, no muchos y -además- se habla de sociedad en crisis de valores, que presiden nuestra forma de ser y actuar, son aspectos a los que le damos enorme importancia y que no coinciden entre nosotros. Lo que es importante para mí, puede no serlo para otra persona, cada uno tiene su trazo (piensa, dice y hace) pero somos reconocibles para quién nos conoce a través de ese trazo y, normalmente, calificados como “buenas personas” independientemente de la cualidad de nuestros valores.
Cuando lo que prima a ultranza es solamente un objetivo (ya sea profesional o personal) y no tenemos en cuenta nuestros valores, esto se empequeñecen paulatinamente, nos convertimos en personas poco confiables y, normalmente, calificados como “malas personas” por la ausencia de puesta en valor de, valga la redundancia, valores. Soy de los que piensan que “el fin no justifica siempre los medios” y trato de alejarme de lo que, parece ser, dijo Maquiavelo.
En el terreno profesional, en algunas ocasiones, me ha tocado defender posturas de grupo que no compartía y mi coherencia estaba en el respeto al grupo al que pertenecía; seguro que esto nos ha pasado a muchos, pero en lo que estimo que nunca debemos caer es en el fondo que subyace en una frase que dijo Groucho Marx en tono de humor: “Estos son mis principios, si no le gustan, tengo otros”.
Y en prevención de riesgos laborales, aplicar la coherencia puede evitar daños para las personas, ¿o no?